El título parece una expresión muy de moda estos días, confirmación de otra falacia urdida en las intrigas de palacio. Veamos: por carácter transitivo dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí, de modo que si esperanza y dólar son verdes, la esperanza es el dólar. ¿Acaso podemos dudar del carácter transitivo, pilar de las matemáticas? Por qué no. Hace más de un siglo, un preclaro revisó la igualdad A = B, advirtiendo que difería de A = A, única y verdadera igualdad posible: la identidad. Sucede que el pensamiento puede concebir igualdades homologando cosas distintas, pero la realidad no, eterno problema filosófico de asimilar magnitudes incompatibles. Así las cosas, los pensadores con mala intención barrenan sobre las palabras y construyen ilusiones de igualdad que la realidad desmiente.
Si aplicamos esta lógica, la construcción imaginaria de que en la compra de dólares reside la esperanza de conservar nuestros pesitos valorizados, es perfecta, y la experiencia convalida la conjetura - recordemos al gran pitoniso: "El que apuesta al dólar pierde". Y perdió; el pitoniso -. ¿Ahora, qué pasa con el ahorrista? Suponiendo que los precios acompañen al dólar, seguramente con dólares podremos comprar más batatas, pero aquí entra a jugar la capacidad estomacal, porque mucha batata, empacha: Y no es recomendable meterlas por otro lado, destino inevitable del sobrante. Y sólo puede sobrar a la clase del sobrante, esa de pensamiento europeo y residencia sudamericana, la que amontona reclamos en Barrio Norte, golpea periodistas y mira a Europa en lugar de Villa Lugano, mucho más próxima pero menos deseable.
Sin duda, quienes acumulan dólares tienen mejores posibilidades siempre, pero no por acumular dólares sino porque pueden acumular. Comprar dólares es un modo de emplear su libertad de acumular, y ¡ésta es la que se cuestiona!, la libertad de hacer lo que quiero con lo mío. Aquí está el problema: invocar la libertad como el bien más preciado pensando en ciertas libertades que no son tales, porque no están al alcance de todos, de modo que algo indisponible a todos como el sobrante, jamás puede ser ejemplo de libertad. Resulta que la mentada libertad se da de narices con otro concepto, herencia de la glamorosa Revolución Francesa: la igualdad, que debería buscar que todos pudieran hincar el diente a la torta. Pero la igualdad, paradójicamente, es desigual porque admite la libertad de que ahorren algunos y otros no. Algo similar a la invocación de la libertad de prensa. Ser libre no es ser libre de acumular todos los medios, pero algunos lo entienden así y aducen que el límite cercena. El límite, necesario para la armónica conveniencia, ese que padece la sumisa mayoría, es causa de rebelión de la minoría que, curiosamente, condena el piquete pobre.