Hoy es casi un síntoma comparar situaciones de países y regiones cruzando épocas, proponiendo fórmulas y arriesgando pronósticos futuros, una suerte de tómbola político-económica a la que sólo le falta Riverito anunciando resultados. Entre nosotros parece un deporte comparar la España actual con la Argentina del 2001, como si alquímicamente pudieran intercambiarse elementos, coyunturas, personajes y virus sociales. La tendencia es recomendar o no fórmulas para que España dentro de una década florezca como la Argentina de hoy - si esto es una floresta es motivo de otro análisis, pero cierto que no está en llamas como la madre que nos parió a pesar de tanto piromaníaco al acecho - No está mal preocuparnos por "la vieja", pero sería mejor saber cómo estará Argentina dentro de una década para anticipar sus males en veinte años.
Los gurúes compiten "a ver quien la tiene más larga" sin advertir que en todo caso en uno u otro lado, diez años antes o diez años después, siempre es corta para las satisfacciones que se proponen. Si quienes tienen responsabilidades de conducción pudieran lograr algún resquicio en las orejeras que calzan, dejarían de actuar como chusmas de barrio controlando el barrido de la vecina, las ausencias del marido y el tiempo que tarda el sifonero adentro de su casa para sospechar, mal como corresponde.
Ambas crisis - Argentina 2001 y España actual -, tienen una similitud única: el fracaso de políticas liberales, neo o puras, da lo mismo, siempre dispuestas a justificar crecimientos con datos que serenan sólo a sus gestores; luego explican con algún enjuage literario las calamidades que subsisten a la vera del camino. Todo lo demás son diferencias, porque los ajustes europeos - reducción de presupuestos, flexibilización laboral, extensión de la edad jubilatoria, presión impositiva -, tendrán un efecto más retardado, allá parten de una situación distinta. Acá la gente, literalmente, se moría de hambre o por falta de atención en hospitales, eso mismo que la oposición hoy, con malicia, trata de mostrar que sucede; sí, ocurre, pero no es un síntoma, un individuo sano puede resfriarse pero la benignidad del mal no amerita definirlo como paciente terminal.
Ambas situaciones digamos que son equivalentes, pero la tendenciosa mirada de "los que saben", siempre agrega o quita algunas líneas al termómetro, y eso no sana ni enferma a la realidad. Las crisis, en este estado capitalista, siempre las sostendrá el pueblo, más o menos según la sensibilidad del gobierno de turno, pero siempre las provocarán los que no la padecen. Esto, precisamente, habría que cambiar.