El triste destino de los simples, es decir nosotros, los hombres comunes que lidiamos con la vida, es ser el jamón del sandwich, estar siempre emparedados a expensas del mordisco. Esta interminable historia sobre las cautelares que prolongan indefinidamente la vigencia íntegra y acabada de la ley, es otro de los recursos espurios de la democracia para obstaculizar la voluntad popular. Esto no significa afirmar que la voluntad popular sea la mejor, pero es la que rige en un sistema representativo, incluso reconociendo que también la representación es cuestionable al no respetar la voluntad de cada hombre, que pierde presencia al estar reencarnado en otro. Pero puestos en la democracia, y admitiendo que es lo mejor, qué podemos esperar de un sistema representativo que no respeta las representaciones. La democracia parece tener anticuerpos para burlar siempre las decisiones mayoritarias, sea por el veto ejecutivo o las cautelares judiciales, ambas con potestad para arrollar sin piedad la voluntad popular. ¿Qué tiene de bueno entonces un sistema que llena la boca de todos por su capacidad abarcativa, y unos pocos lo someten mediante recursos previstos en el mismo sistema? La democracia vendría a ser una bacteria inmune a cualquier antibiótico.
Nosotros, los simples, no ejercemos actos de gobierno, los obedecemos; no propiciamos las leyes, las acatamos; no producimos sentencias, las cumplimos; no practicamos la corrupción, la padecemos; no alentamos despojos, los pagamos; no invertimos, producimos para engordar inversores, es decir, trabajamos de trueno y es para otros la llovida, según pregona Yupanki.
Prescindiendo del contenido de la ley de medios, desde la antigüedad, la ley es el recurso de los débiles para fijar límites al vasallaje del poderoso, esa es su esencia. Y en la democracia, el estudio, proyecto, discusión y promulgación de la ley, es resorte del poder legislativo, supuesta representación de la voluntad popular. Si la misma democracia permite burlar ese mecanismo estamos en problemas.
Arguyamos que ese poder legislativo que aprobó la cuestionada ley es incompetente, feo o tiene mal olor, pongamos que no nos gusta el bigote de un senador o las siliconas de alguna diputada, pues el mecanismo para corregirlo es no votarlos en las próximas elecciones, por otra parte el único recurso disponible para los simples. Ahora, si pese a todo, los poderosos se reservan trampitas democráticas para seguir haciendo lo que quieren, que nadie se rasgue las vestiduras si mañana algún desmadre se lleva puesta a una Cámara.