domingo, 27 de noviembre de 2016
Davis 2016
Está muy bien, cuatro jugadores, más algún otro que no integró esta formación sumaron su esfuerzo deportivo para obtener el preciado trofeo que siempre se le negó a la Argentina, algunas veces incluso por privilegiar el ego de algunas estrellas del deporte que barrenaban odio ante la presencia de algún par cuyo brillo podía eclipsar el propio, una cuestión de celos típicamente argentina donde el otro, el distinto, es siempre colocado en el lugar de rival. Y eso no necesariamente sucede en el deporte, también lo hallamos en la política y el espectáculo. Lo nocivo de estas celebraciones que siempre se asocian al estruendo y la grandilocuencia, es que en lugar de recorrer espacios íntimos entre los verdaderos protagonistas, se hace extensiva (¿intencionalmente, como en 1978?) a millones de argentinos que, oscurecidos por el anonimato y acaso la postergación, transforman su propia miseria en un triunfo que ilusamente hacen propio. No está en nuestro ánimo juzgar ese sentimiento, ni siquiera valorizarlo, cada cual es dueño de tramitar las explosiones de su alma por donde más le plazca, adviertan o no el significado de esa alegría ajena que hacen propia, pero sí señalar el uso que se hace del episodio para encandilar muchas otras zonas oscuras de la realidad. Cómo entender, si no, que inmediatamente después de recibir el trofeo, se haya puesto en marcha el complejo andamiaje del circo mediático para promocionar costosos festejos en todos los rincones de la Argentina, especialmente en los sitios donde nacieron los protagonistas, como si los mismos fueran verdaderos gestores de una felicidad que no se entiende muy bien en cuanto se piensa un instante en qué diablos es la felicidad, o al menos la alegría, cuáles los genuinos vehículos para lograrla y cuál el espacio donde la misma se instala dentro del espíritu de un pueblo. Naturalmente no lo son los excesos que estas explosiones suelen provocar, tal como el alcohol suele hacer con los menos medidos. Casi nos atrevemos a decir que estos triunfos (que lo son exclusivamente de los deportistas y en alguna medida extensivo a los integrantes del equipo), actúa a modo de droga distorsionante de la realidad, espacio donde realmente deberían producirse los pequeños triunfos diarios de cada una de las personas que integran esa multitud encandilada por sus ídolos. La idolatría, ya lo hemos mencionado en otras oportunidades, no es más que la proyección sobre un tercero de la propia frustración del idólatra, un mecanismo fogoneado siempre por el poder debido a su principal "virtud": quitar de la escena la propia humillación en favor del éxito ajeno. Y mucho menos aprobamos el extraño pedido de los integrantes del equipo solicitando un avión especial para su regreso tripulado sólo por ellos. Es de desear que este trascendido no sea más que otro típico exceso mediático.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Honrar las deudas
La palabra honra es una exaltación de signo positivo que puede aludir a diversos destinatarios: la memoria de alguien, la conducta moral, etc. En el más engorroso vocabulario político se emplea hoy para referirse al pago de las deudas contraídas por un país en el sentido de que "deben" pagarse. Al menos ese significado ha venido utilizando el gobierno para justificar la urgente necesidad de saldar aquellas cuyos beneficiarios (Melconian entre otros según trascendidos), no aceptaron la refinanciación gestionada en su momento por el gobierno anterior. La pregunta sería: ¿es posible "honrar" una obligación nacida en el espíritu de acumulación del acreedor a expensas del dolor y la postergación del deudor? Cierto es que quien toma un préstamo debe hacerse cargo de su cancelación (por algo los Bancos no le prestan a los pobres), pero no lo es menos que quien lo otorga debe tener en cuenta el sentido del mismo y sus posibilidades de satisfacción en un contexto normal.
Por si alguien no lo sabe en los grandes latifundios sudamericanos era frecuente que los campesinos con magros salarios, al servicio de grandes patrones que los sometían casi como esclavos, se endeudaran con ellos de modo tal que su salario de por vida no alcanzaba para cancelar semejante obligación. La literatura de ficción (pero no tanto) denuncia en algunas valiosas obras que dichas deudas eran cobradas por esos señores con...¡hijos! Efectivamente, tal situación propiciaba la cancelación de la misma por algún hijo que el deudor debía gestar para ponerlo al servicio del amo.
Seguramente los señores del gobierno se santigüarían frente a semejante exceso. En un país con la pobreza estructural tan denunciada hoy, la "honra" de la deuda pagada a los fondos buitres el año en curso es absolutamente asimilable al mecanismo más arriba denunciado. Se paga con hijos argentinos condenados a esa misma pobreza estructural que el gobierno declama a viva voz. No es cierto que la regularización de dicha deuda debiera provocar la afluencia de capitales. Y aún sucediendo dicha respuesta tampoco es cierto que dichos capitales desembarquen en la Argentina con intención de paliar nuestra pobreza estructural. El capital no fluye para eliminar desigualdades sino para provocarlas, este es el punto de conflicto y no el hecho de que vengan o no. Es bueno incluso que el capital privado no se haga presente para corregir las miserias sociales. Su cometido, muy bien encubierto por un discurso naturalizado en nuestra sociedad, es la necesaria formación de bolsones de pobreza nacidos al amparo de su voracidad. En tal sentido es tan nocivo el capital extranjero como el nacional. La ventaja de este último es reducir la lucha geográfica contra el mismo, o en el peor caso a la investigación de las cuentas ocultas en paraísos fiscales radicados en el exterior. Pregúntese el hombre común porqué la justicia no condena estas cuentas cuyos titulares son ya conocidos, y porqué los medios hegemónicos no las denuncia con el énfasis necesario para castigar la tácita evasión fiscal que su existencia revela. Pregúnteselo el hombre común, pero también respóndase.
Por si alguien no lo sabe en los grandes latifundios sudamericanos era frecuente que los campesinos con magros salarios, al servicio de grandes patrones que los sometían casi como esclavos, se endeudaran con ellos de modo tal que su salario de por vida no alcanzaba para cancelar semejante obligación. La literatura de ficción (pero no tanto) denuncia en algunas valiosas obras que dichas deudas eran cobradas por esos señores con...¡hijos! Efectivamente, tal situación propiciaba la cancelación de la misma por algún hijo que el deudor debía gestar para ponerlo al servicio del amo.
Seguramente los señores del gobierno se santigüarían frente a semejante exceso. En un país con la pobreza estructural tan denunciada hoy, la "honra" de la deuda pagada a los fondos buitres el año en curso es absolutamente asimilable al mecanismo más arriba denunciado. Se paga con hijos argentinos condenados a esa misma pobreza estructural que el gobierno declama a viva voz. No es cierto que la regularización de dicha deuda debiera provocar la afluencia de capitales. Y aún sucediendo dicha respuesta tampoco es cierto que dichos capitales desembarquen en la Argentina con intención de paliar nuestra pobreza estructural. El capital no fluye para eliminar desigualdades sino para provocarlas, este es el punto de conflicto y no el hecho de que vengan o no. Es bueno incluso que el capital privado no se haga presente para corregir las miserias sociales. Su cometido, muy bien encubierto por un discurso naturalizado en nuestra sociedad, es la necesaria formación de bolsones de pobreza nacidos al amparo de su voracidad. En tal sentido es tan nocivo el capital extranjero como el nacional. La ventaja de este último es reducir la lucha geográfica contra el mismo, o en el peor caso a la investigación de las cuentas ocultas en paraísos fiscales radicados en el exterior. Pregúntese el hombre común porqué la justicia no condena estas cuentas cuyos titulares son ya conocidos, y porqué los medios hegemónicos no las denuncia con el énfasis necesario para castigar la tácita evasión fiscal que su existencia revela. Pregúnteselo el hombre común, pero también respóndase.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
Disputas estériles
Abruman las polémicas inútiles que a diario suceden en los medios, invariablemente referidas a la responsabilidad que liberales y populistas se imputan mutuamente sobre las miserias que desde siempre castigan a la Argentina. Es muy sencillo demostrar que ninguno y ambos participan de las mismas: desde los albores de la historia este país ha estado signado por una marcada diferencia entre dos sub-naciones perfectamente diferenciadas: indígenas y conquistadores al principio; españoles y criollos más tarde; realistas y revolucionarios durante la independencia; federales y unitarios litigando sobre el centralismo porteño; oligarqía agrícola-ganadera versus pueblo postergado (local e inmigrante) hacia fines del siglo XIX; conservadores fraudulentos frente al incipiente radicalismo popular a principios del siglo pasado; gobiernos democráticos (radicales y justicialistas) ante golpistas cívico militares durante el segundo tercio del siglo XX; y finalmente gobiernos de cuño popular versus derechas neoliberales. Y siempre la alternancia entre ambos sistemas ha dado como resultado la inefable "pobreza estructural", de modo que ambas facciones en pugna han fracasado.
Demostrada la ineficiencia bilateral agreguemos que el fenómeno actual no es nuevo. Más aún, tiene resonancia regional, pero difiere de los anteriores en que la antinomia es puramente ideológica con un agregado novedoso: el triunfo de la derecha ha llegado por vía electoral, cierto que la puja previa se libró mediante conceptualizaciones e ideas, que colonizaron cerebros a través de los medios en poder de uno y otro bando, al que debe agregarse una justicia que hoy ha quedado expuesta por su ofensiva parcialidad (también hacia uno y otro lado). Desde luego, las derechas más suculentas en materia económica prevalecerán siempre en la competencia. Al populismo solo le queda "la calle". Pero también podríamos preguntarnos si acaso alcanza con la inoculación mediática para decidir una elección. Y precisamente la respuesta afirmativa revela la gravedad del problema, sobre todo que cuando insistimos en interrogarnos si el argentino medio puede puede ser tan idiota como para comprar realidades biplanas de hasta 42 pulgadas, debemos admitir que efectivamente constituimos un dócil rebaño capaz de creer que vamos en el buen camino cuando el bache más pequeño tiene el tamaño de un cráter, o que vivimos en un paraíso cuando la llamarada más pequeña del infierno nos lame la garganta.
La dicotomía hoy no es partidaria, se ha reducido a una cuestión ética y de cosmovisión del mundo. Se trata de saber si el ser humano debe anteponerse a la "economía" (esta sería la versión populista) o si es exactamente a la inversa (versión neoliberal) de modo tal que la salud de la nación deba leerse en términos estadísticos (además nunca fiables). Dicho de otro modo, la puja es entre el humanismo visceral de los que menos tienen a quienes les haría bien una cuota de pragmatismo, y el dogmatismo práctico del neoliberalismo poderoso a quienes les vendría muy bien abandonar el enlatado de Adam Smith y entender que la vida y el triunfo no es numérico, más bien debe medirse en términos de igualdad. La inevitable desigualdad que siempre habrá de existir entre los hombres debería estar marcada por la voluntad personal de cada uno y no por la decisión de unos pocos.
En este blog preferimos vivir felices en un país pobre (tal como la derecha dice haberlo encontrado) a vivir angustiado y morir a plazos (un poco cada día) en el país rico que promete este gobierno. Y entre ser gobernado intentando combatir la pobreza (a pesar del fracaso) y ser saqueado por los señoritos diestros, nos quedamos con la primera opción, al menos sentimos el gusto por haber intentado algo en favor de los más necesitados.
Demostrada la ineficiencia bilateral agreguemos que el fenómeno actual no es nuevo. Más aún, tiene resonancia regional, pero difiere de los anteriores en que la antinomia es puramente ideológica con un agregado novedoso: el triunfo de la derecha ha llegado por vía electoral, cierto que la puja previa se libró mediante conceptualizaciones e ideas, que colonizaron cerebros a través de los medios en poder de uno y otro bando, al que debe agregarse una justicia que hoy ha quedado expuesta por su ofensiva parcialidad (también hacia uno y otro lado). Desde luego, las derechas más suculentas en materia económica prevalecerán siempre en la competencia. Al populismo solo le queda "la calle". Pero también podríamos preguntarnos si acaso alcanza con la inoculación mediática para decidir una elección. Y precisamente la respuesta afirmativa revela la gravedad del problema, sobre todo que cuando insistimos en interrogarnos si el argentino medio puede puede ser tan idiota como para comprar realidades biplanas de hasta 42 pulgadas, debemos admitir que efectivamente constituimos un dócil rebaño capaz de creer que vamos en el buen camino cuando el bache más pequeño tiene el tamaño de un cráter, o que vivimos en un paraíso cuando la llamarada más pequeña del infierno nos lame la garganta.
La dicotomía hoy no es partidaria, se ha reducido a una cuestión ética y de cosmovisión del mundo. Se trata de saber si el ser humano debe anteponerse a la "economía" (esta sería la versión populista) o si es exactamente a la inversa (versión neoliberal) de modo tal que la salud de la nación deba leerse en términos estadísticos (además nunca fiables). Dicho de otro modo, la puja es entre el humanismo visceral de los que menos tienen a quienes les haría bien una cuota de pragmatismo, y el dogmatismo práctico del neoliberalismo poderoso a quienes les vendría muy bien abandonar el enlatado de Adam Smith y entender que la vida y el triunfo no es numérico, más bien debe medirse en términos de igualdad. La inevitable desigualdad que siempre habrá de existir entre los hombres debería estar marcada por la voluntad personal de cada uno y no por la decisión de unos pocos.
En este blog preferimos vivir felices en un país pobre (tal como la derecha dice haberlo encontrado) a vivir angustiado y morir a plazos (un poco cada día) en el país rico que promete este gobierno. Y entre ser gobernado intentando combatir la pobreza (a pesar del fracaso) y ser saqueado por los señoritos diestros, nos quedamos con la primera opción, al menos sentimos el gusto por haber intentado algo en favor de los más necesitados.
martes, 28 de junio de 2016
Modelo islandés
La frustración por la reciente final de fútbol perdida ante Chile (3° consecutiva), resulta una oportuna invitación a reflexionar sobre éxitos y fracasos, tan caros a un pueblo maniqueísta como el nuestro, siempre alerta y dispuesto a la idolatrización de los ganadores y a la demonización de la derrota. Cierto es que una justa deportiva corresponde valorarse por el resultado, pero no lo es menos, que dicho resultado no depende sólo de cuestiones técnico-deportivas sino también de múltiples variables que constituyen el universo propio de cada competencia (la historia, el momento deportivo, el entorno social, la expectativa general, el rigor periodístico, etc.). Digamos de paso que el peso de la responsabilidad respecto del resultado esperado siempre juega en contra del mismo, al fin y al cabo los actores deportivos son seres humanos comunes, víctimas de pasiones y mecanismos emocionales, aunque muchos se empeñen en disimularlo. El endiosamiento del equipo argentino que precedió a la final, por parte de casi todo el periodismo, mucho tuvo que ver en el traspié, ya que, entre otras cosas, se minimizó las posibilidades del rival al punto de anticipar no sólo un triunfo argentino, sino por una diferencia en el score que sólo pudo estar animada por la soberbia. Algo muy distinto ocurrió con el humilde equipo islandés que, casi simultáneamente a la derrota argentina, se anotó un excelente triunfo frente a Inglaterra (2-1) eliminándola de la Eurocopa. Lo destacable fue la actitud del once isleño que a pesar de ir ganando sostuvo con orgullo una tenaz defensa. Durante el festejo, los jugadores se integraron a su parcialidad, convirtiendo a cada uno en un hincha más, algo infrecuente en un equipo como el argentino cuyo valor es de varios centenares de millones de euros y cuya solidaridad con el hincha es sólo de palabra (recordemos las declaraciones de Tevez al visitar Formosa con la selección); difíclmente alguno de ellos sienta el dolor por el grave momento que atraviesa el país, al menos nadie ha declarado nada al respecto, salvo la molestia de Messi por la demora en un vuelo (muy poco comparado con las graves pérdidas que viene sufriendo el pueblo argentino). Este mismo contraste deportivo puede advertirse entre dos situaciones homólogas vividas por ambos países respecto a los tristemente célebres Panamá papers, con dispar resultado. Cuando se interpeló al primer ministro islandés sobre la tenencia de cuentas off-shore a su nombre, la turbación del mismo fue tan evidente que pudo advertirse la vergüenza en su gesto. Y no fue necesario más que la mención de su inconducta para que el mismo dimitiera de inmediato. La vergüenza (deportiva y política) no parece existir entre nosotros donde el fútbol se ha convertido sólo en un negocio de contenido lúdico mientras que en Islandia sigue siendo un deporte con implicancias económicas. Del mismo modo la política islandesa mantiene vivos principios de decoro y dignidad basados en la honra de las personas, mientras que entre nosotros, la deshonra de los funcionarios argentinos se ha convertido en el motor de la política ¿Será esa la sutil diferencia entre la situación relativa de ambos países?
jueves, 23 de junio de 2016
Educación pública cara
Entre las frases célebres del macrismo (pobreza cero, no me di cuenta, una cuenta offshore no es delito, fiesta kirchnerista - en equivalencia al consumo de las clases bajas -, etc.), la que acaba de expresar el ministro Aranguren merece el primer premio (ya lo perderá seguramente) del glosario oficial. El reconocimiento de que vamos aprendiendo sobre la marcha exige resignificar la expresión para lograr una crítica pura, alejada de cualquier relación con la "pesada herencia" kirchnerista, siempre culpable de los males que azotan al país, incluso aquellos generados luego del 10-12-15.
En primer lugar, la revelación de ir a ciegas apelando al dudoso prueba y error tan caro al ideario de la empresa privada, supone al menos la carencia de un plan sistemático para regularizar la provisión de energía, naturalmente al menor costo posible (comprar gas chileno teniendo a mano el boliviano equivale más o menos a bachear con uranio). Nadie sensato puede admitir que un ministro de la nación cuyos antecedentes lo sindican como exitoso empresario ignore que entre dos precios debe optarse por el menor.
En segundo lugar corresponde señalar la ligereza con que se vierten estas expresiones, actitud que revela total impunidad en la gestión. Si acaso un científico en plena tarea de investigación arriesgara acciones para observar el resultado o conjeturara sobre ciertas posibilidades, en este caso deberíamos aceptar el mecanismo de prueba y error, después de todo el costo del aprendizaje no sería otro que el costo de ejecución de la prueba. Distinto es un error ministerial cuyo costo además de ser elevadísimo debe ser enjugado por el bolsillo de los argentinos, especialmente los más pobres.
Pero lo que definitivamente invalida la conducta del señor Aranguren es emplear el despacho ministerial como aula de CBC para obtener el pase a un nivel de conocimiento que garantice al menos, si no una gestión eficiente, una que no genere perjuicios a la mayoría. Siendo el utilitarismo una corriente de pensamiento ético funcional al liberalismo (siempre optar por el daño menor), sería bueno recordarle a este buen señor que al menos aplique las fórmulas que su ideario proclama.
Para que quede claro: Suponiendo que Aranguren esté donde está para solucionar problemas energéticos y no para decidir en favor de sus propios intereses, como ciudadanos simples reclamamos un nivel de idoneidad en los funcionarios que asegure, de mínima, pruebas y errores menos costosos. De paso, recordarle que si ha venido a educarse en la gestión pública, al menos pague un arancel como reconocimiento por el aporte que todos los argentinos hacemos a su ignorancia.
En primer lugar, la revelación de ir a ciegas apelando al dudoso prueba y error tan caro al ideario de la empresa privada, supone al menos la carencia de un plan sistemático para regularizar la provisión de energía, naturalmente al menor costo posible (comprar gas chileno teniendo a mano el boliviano equivale más o menos a bachear con uranio). Nadie sensato puede admitir que un ministro de la nación cuyos antecedentes lo sindican como exitoso empresario ignore que entre dos precios debe optarse por el menor.
En segundo lugar corresponde señalar la ligereza con que se vierten estas expresiones, actitud que revela total impunidad en la gestión. Si acaso un científico en plena tarea de investigación arriesgara acciones para observar el resultado o conjeturara sobre ciertas posibilidades, en este caso deberíamos aceptar el mecanismo de prueba y error, después de todo el costo del aprendizaje no sería otro que el costo de ejecución de la prueba. Distinto es un error ministerial cuyo costo además de ser elevadísimo debe ser enjugado por el bolsillo de los argentinos, especialmente los más pobres.
Pero lo que definitivamente invalida la conducta del señor Aranguren es emplear el despacho ministerial como aula de CBC para obtener el pase a un nivel de conocimiento que garantice al menos, si no una gestión eficiente, una que no genere perjuicios a la mayoría. Siendo el utilitarismo una corriente de pensamiento ético funcional al liberalismo (siempre optar por el daño menor), sería bueno recordarle a este buen señor que al menos aplique las fórmulas que su ideario proclama.
Para que quede claro: Suponiendo que Aranguren esté donde está para solucionar problemas energéticos y no para decidir en favor de sus propios intereses, como ciudadanos simples reclamamos un nivel de idoneidad en los funcionarios que asegure, de mínima, pruebas y errores menos costosos. De paso, recordarle que si ha venido a educarse en la gestión pública, al menos pague un arancel como reconocimiento por el aporte que todos los argentinos hacemos a su ignorancia.
viernes, 17 de junio de 2016
Bendita corrupción
Lo bueno de seguir encontrando corruptos es que abre una puerta para la definitiva higienización de la política. Lo malo es que muchos deberán abrir los ojos para entender que la corrupción no es un fenómeno exclusivo de la política sino que impregna la naturaleza humana enlodando cualquier organización social (deporte, ciencia, justicia, etc.). Digamos a modo ilustrativo que la corrupción está abonada por un rasgo propio del ser humano que el capitalismo ha regado desde su advenimiento: la avaricia. Este acopio patológico que merece la condena de todo sistema ético, es precisamente la columna vertebral del liberalismo, corriente de pensamiento que enarbola como justificación un derecho consagrado en la Revolución Francesa que nadie se atreve a cuestionar: la libertad, sin advertir que dicha libertad se contrapone con otro derecho consagrado simultáneamente: la igualdad. En este punto precisamente colisiona cualquier "colectivismo" con el liberalismo. Desde 1789 viene sucediendo esta antinomia que fracciona al mundo y toma distintos nombres según la época. Durante el siglo XIX el positivismo con su sueño de progreso indefinido alentó el desarrollo científico, bueno en sí mismo, pero desvirtuado cuando los resortes de ese progreso cayeron en manos del poder económico. Este es el verdadero cáncer del que nacen infinitos tumores entre los cuales figura la corrupción. Pero más grave aún es que quienes pretenden perpetuar el sistema se santigüen ante la aparición de algunos millones de dólares robados impunemente, y permanezcan distraídos frente a miles de millones escondidos para no tributar los impuestos que corregirían esas desigualdades.
El burdo circo mediático armado para condenar al gobierno anterior alzando la voz desde el actual, como si este mismo no fuera el verdadero padrino de la corrupción, es un espectáculo muy triste. Noveles diputaditos de "country y pelo en punta" increpando a viva voz a viejos funcionarios que dieron la cara para aclarar que un ladrón aislado no hace ladrona a la humanidad, resulta tan bochornoso como el patético José López tratando de donar nueve millones de dólares a las cuatro de la mañana arrojándolos sobre la medianera de un convento en el conurbano bonaerense.
¿Acaso estos parlamentarios que recién se asoman a la escena política creen que sus jefes han acumulado fortuna ahorrando parte del sueldo mínimo que cobraban en sus trabajos? ¿Creen realmente que los cuatrocientos mil millones de dólares fugados al exterior obedecen al impoluto deseo de preservarlos de un "país que no ofrece garantías"? Si realmente lo creen adviertan cómo de ahora en más la "transparencia" que pregona el macrismo se limita a la "corrupción kirchnerista" sin avanzar sobre la propia. Pregúntese la ciudadanía porqué Baez ha salido de la escena mediática.
El burdo circo mediático armado para condenar al gobierno anterior alzando la voz desde el actual, como si este mismo no fuera el verdadero padrino de la corrupción, es un espectáculo muy triste. Noveles diputaditos de "country y pelo en punta" increpando a viva voz a viejos funcionarios que dieron la cara para aclarar que un ladrón aislado no hace ladrona a la humanidad, resulta tan bochornoso como el patético José López tratando de donar nueve millones de dólares a las cuatro de la mañana arrojándolos sobre la medianera de un convento en el conurbano bonaerense.
¿Acaso estos parlamentarios que recién se asoman a la escena política creen que sus jefes han acumulado fortuna ahorrando parte del sueldo mínimo que cobraban en sus trabajos? ¿Creen realmente que los cuatrocientos mil millones de dólares fugados al exterior obedecen al impoluto deseo de preservarlos de un "país que no ofrece garantías"? Si realmente lo creen adviertan cómo de ahora en más la "transparencia" que pregona el macrismo se limita a la "corrupción kirchnerista" sin avanzar sobre la propia. Pregúntese la ciudadanía porqué Baez ha salido de la escena mediática.
miércoles, 8 de junio de 2016
Estrategias engañosas
La estrategia del macrismo es presentar proyectos ómnibus con cláusulas inadmisibles de tan groseras, cuestión que frente a la objeción que generan las mismas "da marcha atrás", luciendo una impostada elasticidad que no es tal, simplemente responde a una estrategia original que desde el vamos prevé aspectos censurables. De este modo anima una oposición ingenua que muerde el anzuelo y en lugar de discutir el espíritu de un proyecto se queda con el "cebo". Así sucede con la idea de reponer castigos al periodismo (el gobierno anterior había eliminado la "calumnia" como móvil para accionar legalmente, algo que cualquier sensato aprobaría para proteger la libertad de expresión). Pero son tan torpes (y no menos son a veces los opositores), que esta vez encarnaron el anzuelo con una medida disparatada como la "cárcel". Y los ingenuos alzaron la voz para oponerse cuando en realidad dejaron pasar una oportunidad irrepetible.
Naturalmente no aprobamos el encarcelamiento gratis como forma de amordazar la oposición a los gobiernos (aunque el macrismo lo haga con Milagros Sala arguyendo que está siendo procesada por delitos comunes, exactamente lo mismo que Macri criticó del gobierno venezolano), pero hubiera sido una excelente ocasión para rever el alcance y regulación del periodismo, considerando que el manejo de la comunicación y de la información se han revelado armas eficaces para la construcción de subjetividad, esto es para colonizar las cabecitas huecas con contenidos irreales; vean si no cómo desde el 10-12-15 desapareció la inseguridad (de los medios desapareció), o cómo se fabricó una "ruta del dinero K" previo a su descubrimiento (si es que lo hay).
Cuando un ingeniero construye edificios que se derrumban incurre en un delito punible; lo mismo sucede con la mala praxis médica, el homicidio culposo en accidentes viales y cualquier otra actividad cuyo errado ejercicio provoque daño a terceros. Si este mecanismo es una constante en la vida de relación para cualquier ciudadano, por qué razón periodistas y políticos pueden mentir sin que la ley prevea castigos para sus incursos. Una legislación dura para la mentira periodística no hace temer a ningún Víctor Hugo Morales, Roberto Navarro, Leopoldo Moreau o Agustín Rossi, por poner algunos ejemplos, pero cuántos Bonelli, Leuco, Macri o Prat Gay resistirían archivos donde han quedado plasmada su mendacidad, hoy impune gracias a una legislación que protege al periodismo. El ejercicio periodístico merece amplia protección, nadie lo objeta, pero la calumnia periodística es un delito del mismo orden que el falso testimonio. ¿Por qué no debe castigarse?
Naturalmente no aprobamos el encarcelamiento gratis como forma de amordazar la oposición a los gobiernos (aunque el macrismo lo haga con Milagros Sala arguyendo que está siendo procesada por delitos comunes, exactamente lo mismo que Macri criticó del gobierno venezolano), pero hubiera sido una excelente ocasión para rever el alcance y regulación del periodismo, considerando que el manejo de la comunicación y de la información se han revelado armas eficaces para la construcción de subjetividad, esto es para colonizar las cabecitas huecas con contenidos irreales; vean si no cómo desde el 10-12-15 desapareció la inseguridad (de los medios desapareció), o cómo se fabricó una "ruta del dinero K" previo a su descubrimiento (si es que lo hay).
Cuando un ingeniero construye edificios que se derrumban incurre en un delito punible; lo mismo sucede con la mala praxis médica, el homicidio culposo en accidentes viales y cualquier otra actividad cuyo errado ejercicio provoque daño a terceros. Si este mecanismo es una constante en la vida de relación para cualquier ciudadano, por qué razón periodistas y políticos pueden mentir sin que la ley prevea castigos para sus incursos. Una legislación dura para la mentira periodística no hace temer a ningún Víctor Hugo Morales, Roberto Navarro, Leopoldo Moreau o Agustín Rossi, por poner algunos ejemplos, pero cuántos Bonelli, Leuco, Macri o Prat Gay resistirían archivos donde han quedado plasmada su mendacidad, hoy impune gracias a una legislación que protege al periodismo. El ejercicio periodístico merece amplia protección, nadie lo objeta, pero la calumnia periodística es un delito del mismo orden que el falso testimonio. ¿Por qué no debe castigarse?
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