La partida de cualquiera nos enfrenta a la más profunda angustia existencial en torno al sentido de la vida, algo simple de entender cuando podemos distinguir entre la persona y la máquina biológica. Esta última nace, crece, se reproduce y muere. La esencia del ser, en cambio, inquilina temporal de la máquina se despoja de la misma una vez cumplido el ciclo.
Las grandes mayorías advierten este raro mecanismo de la especie mediante el fenómeno de la idolatría, esto es, poner en otro lo que uno no puede distinguir en sí mismo. En este caso, fue el Indio Solari quien nació, creció y se reprodujo, pero en lugar de morir, en realidad nació. Nos pasa a todos, aunque no lo sepamos. Es como la fama: todos los seres humanos somos famosos sólo que los demás lo ignoran.
En torno a la ya mítica figura del Indio Solari, además, se pueden verificar otros fenónemos que revelan el alcance de lo "popular", esa suerte de fama que hace que uno se derrame en muchos. Parecido a lo que ocurre con Dios. Lo popular es una condición aborrecida por el poder real, que suele protagonizar eventos donde privilegia lo exclusivo ante el "aberrante" fenómeno de la inclusión, ese rasgo inútil de la democracia, desde hace algún tiempo víctima de una enfermedad autoinmune de mal pronóstico.
Casi sin advertirlo, como en las legendarias misas ricoteras, el pueblo puro ganó la calle frente a la noticia de su inesperada muerte. La escueta novedad: "murió el Indio Solari", fue suficiente para que una mezcla de dolor y alegría congregara en "todo el país" a una multitud en torno a la partida de quien supo poner letra y música a la rebeldía.
Como dato ilustrativo del alcance del amor incondicional de un pueblo por su ídolo vaya la anécdota, por cierto triste, del periodista de TN (más que Franco debió llamarse Embustero), en torno a su fingido estupor por no poder entender como alguien opositor al poder pudo estar a favor de él en tiempo de los Kirchner. Bajito vuelo el de la perdiz que confunde poder con ideología. Tan bajo que impide distinguir quién es él y para quién juega.
Además del dolor que produce, la muerte del Indio Solari constituye otro eslabón en la ríspida búsqueda de la verdad.
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