Quienes hacen de la practicidad un culto cuando se trata de resolver problemas emplean una fórmula que, si bien no corrige la enfermedad atenúa sus efectos. La practicidad, vendida como virtud, consiste en echar mano a la solución más rápida, la más cómoda pero generalmente la más nociva. Sólo amortigua el daño inmediato, por caso, comprar alimentos con tarjeta y apelar al pago en cuotas. El hambre cesa, las causas no. Más aún, la necesidad se posterga pero regresa cada vez con menos recursos para satisfacerla. La práctica acaba arrojándonos a una espiral viciosa sin retorno.
Una solución más elaborada exige revisar el problema y confrontarlo con su par antagónico, es decir, la situación opuesta. En este caso sería la obtención de dinero genuino para comprar alimentos. Es en esta instancia donde el ser humano toma decisiones que impactan en la vida personal, familiar y social. ¿Qué camino deben tomar aquellos privado de acceder a los recursos necesarios para sobrevivir?
La primera respuesta "civilizada" sugiere analizar las alternativas "dentro de la ley". La ausencia de soluciones dentro de ella resulta el fermento ideal para la aparición de mecanismos "prácticos": bajar la edad de imputabilidad, aumentar los mecanismos represivos, atenazar las protestas en el espacio público y demás etcéteras que el Ministeriuo de Seguridad conoce y aplica con su fuerza de choque.
La espiral viciosa deviene círculo vicioso cuando advertimos que los mecanismos represivos se proyectan fuera de la ley y luego se manipula el andamiaje legal para adaptarlo al sistema. Cobrar tasas de usura en las cuotas de tarjetas no es delito. Dejar de pagarlos sí lo es. Objetar normas que vulneren derechos amparados en la ley resulta la puerta de acceso a la marginalidad. En cambio, es legal aceptar normas que empujan a la marginalidad. El mundo del revés.
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