Por un lado, la estupidez como degradación de la conciencia es un fenómeno que crece aceleradamente al amparo de sistemas políticos que reclaman su presencia para consolidar el dominio propio. Por otra parte, el desarrollo intelectual de la humanidad ha avanzado lo suficiente como para detectar fácilmente la presencia del mal y sus mecanismos clásicos, cuestión que sea fácil identificarlo.
Ambas premisas han exigido la búsqueda de algún método que permita al poder continuar con el sistema sin riesgo de perder control. Hasta la Revolución Francesa, ese control se ejercía por la fuerza. El sistema republicano de la democracia moderna puso límite a esa tiranía de la fuerza convirtiendo al pueblo en soberano y depositario del poder. A causa de ello, los malos se vieron en la necesidad de ser, además, inteligentes, cuestión de seguir ejerciendo dominio bajo el sacrosanto sistema democrático, ese mismo que en la mirada de Borges no es más que "una exageración de las estadísticas".
Puestos a inteligentes, los malos crearon, construyeron, instalaron y fomentaron la estupidez, un mecanismo que al modo del panóptico de Bentham controla la conciencia desde ella misma.
Así las cosas, tal como señala Dietrich Bonhoeffer, mediante la inducción solapada a renunciar al pensamiento crítico, las personas se parasitan a ideas enlatadas que calman sus ansiedades construyendo quimeras e ideales sustentados en sentimientos no elaborados pero funcionales a sus propios deseos. Algo así como una petición de principios en las que actúo y opino en base a conceptos previamente instalados en la mente. Lo que hace la estupidez es convencer al estúpido que esa idea es propia.
En casos extremos también rige la toma violenta del poder. Latinoamérica honra ambos sistemas.
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